Antonio Ricóveri
¿Sabía usted que su vida actual es consecuencia de sus propias decisiones? De toooodas esas decisiones que usted ha tomado en el pasado. Entonces, no somos un efecto, sino la causa de muchas de las cosas que nos han sucedido y de cómo hemos reaccionado a eso que nos pasó. Porque aunque existen cosas que no podemos controlar (vivir en determinado país, ser saludables o no, pertenecer a determinada familia, en fin), existen cosas que sí podemos controlar: Nuestros pensamientos, sentimientos, reacciones, acciones, opiniones, creencias.
Amigo lector vivimos en un mundo lleno de opiniones contradictorias, ante el cual, usted tiene dos opciones: 1) seguir el camino y el pensamiento de otros, o 2) pensar por usted mismo. “Seguir la senda trazada por otros” sigue siendo una decisión que usted toma, y en ningún caso usted puede acusar a esa persona “porque le haya ido mal en la vida”. Usted decidió (nadie lo amenazó con un revolver).
Cuando es usted quien toma la decisión, ha decidido ejercer el mayor acto de libertad posible, porque elegir significa atrevernos a cuestionar, controvertir, objetar, reflexionar, cavilar, deliberar, discurrir, aunque nos lleve en dirección contraria a la mayoría, y aunque no obtengamos los resultados esperados. Pero sin lugar a dudas, “somos nuestras propias decisiones”.
Y traigo este tema a colación, porque me sigue llamando la atención que muchas personas al quejarse de su situación actual (“no gano lo suficiente”, “no estoy satisfecho con mi trabajo, “no soy feliz”, “me casé con la persona incorrecta”, “he desperdiciado oportunidades…”) suelen culpar al destino, a la suerte, o le endosan la culpa a los demás, y no a sí mismos.
Diría el gran escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009): ¿Cómo voy a culpar al viento del desorden que hizo si fui yo quien abrió la ventana?
Amigo lector, nos encanta quejamos de las consecuencias de lo que nos pasa sin reconocer que en la mayoría de los casos fuimos nosotros quienes tomamos las decisiones que nos llevaron hasta allí.
La verdadera madurez está en aceptar que cada acción tiene su efecto. Y que si dejamos entrar algo o a alguien a nuestra vida, debemos estar preparados para lo que eso traiga consigo.
Y no se trata de arrepentirnos de lo que elegimos sino de aprender, pues cada elección es una oportunidad para crecer, para entender que aunque no podemos controlarlo todo, sí podemos tomar decisiones más sensatas. Así que en lugar de lamentarnos porque “el viento desordenó todo”, debemos aprender a cerrar las ventanas cuando sea necesario, y disfrutar de la brisa cuando valga la pena.
Siempre habrá decisiones que tomar, cambios que tendrán que ocurrir, miedos que tendremos que afrontar, soledades que deberemos soportar, lágrimas que tendremos que derramar, personas que deberemos dejar ir, nuevos comienzos que tendrán que florecer dentro de nosotros. Y siempre tendremos que decidir entre el dolor de quedarnos donde estamos y el dolor de cambiar y crecer. Entre el dolor del arrepentimiento y el dolor del esfuerzo. Entre el dolor de la mediocridad y el dolor de la disciplina. Entre el dolor de rendirnos y el dolor de seguir a pesar de todo.
Finalmente respetado lector, reitero. En la mayoría de los casos, más que ser “productos de las circunstancias” somos el resultado de nuestras decisiones. Entonces, no existen culpables externos. Solo nosotros.
Así de simple.
“Las palabras viajan… Algo siempre dejan”
