¿Qué recuerdo le dejarás a los demás?

¿Qué recuerdo le dejarás a los demás?
(o… ¿Cómo quieres ser recordado?)

Antonio Ricóveri

Esta historia alude a un hombre que un día leyó su propio obituario en el periódico. El obituario indicaba que él (y muchas otras personas) habían fallecido a causa de una explosión por la dinamita que su propia empresa producía. El artículo del periódico decía la verdad: Él producía dinamita, muchas personas morían en explosiones a causa de ella, y había acumulado una inmensa fortuna producto de la venta de ese producto. Lo único que no era cierto en la noticia era que él hubiese muerto. Quien había fallecido era su hermano… Sin embargo, cuando este hombre leyó su propio obituario, se dio cuenta que las personas lo recordarían solamente por todos los explosivos que había creado (y por los decesos ocurridos a consecuencia de su venta y distribución). Desde aquel día, el químico, ingeniero e inventor sueco (famoso por la invención de la dinamita), Alfred Nobel (1833-1896) se enfocó en promover la paz y en propiciar todas las contribuciones posibles a la humanidad.

Y este es el origen de “Los Premios Nobel” (de la Paz, de medicina, de Física, de literatura…). Considerados hoy, como uno de los más grandes honores que cualquier persona del planeta pueda recibir, ya sea por sus logros en cualquier terreno del saber humano o por su aporte social en beneficio de la humanidad. En pocas palabras, Alfred Nobel decidió como quería ser recordado.

Valga esta historia para preguntarle, amable lector… ¿Cómo quiere usted ser recordado? ¿Por su bondad, nobleza, amabilidad, cortesía? ¿O por su maldad, perfidia, egoísmo, deshonestidad, o por su extrema “toxicidad”?

Si usted es un Albert Einstein o una Madre Teresa de Calcuta, quizás ya sepa cómo será rememorado… Pero si este no es su caso, es posible que en algún momento, luego de muchos intentos intrascendentes por dejar una huella, empiece usted a cuestionarse… ¿Qué le he aportado a la posteridad? ¿A quién realmente le importa mi existencia? En este punto debe usted entender que unos nacen grandes, otros conquistan la grandeza, y algunos la encuentran sin darse cuenta. Y debe aceptar, que la fama no se busca, que usted no puede elegir lo que perpetuará su memoria. Lo eligen los demás.

En la mayoría de los casos, los destellos de grandeza son efímeros, fugaces, breves, como la vida misma; y muchos se desesperan por no recibir el merecido reconocimiento “por su genialidad natural” o por la ausencia de muestras de cariño por su gran labor social. Pero debe usted tomarse las cosas con mucha filosofía, pues como dijera el poeta inglés Alexander Pope (1688-1744): “Ni desdeño la fama, ni solicito sus favores; si ha de venir, ella sola llegará”.

Pero más allá de lo notoria o no que sea su vida, la pregunta sigue siendo: ¿Cómo quiere ser recordado? Tengamos claro que son nuestros actos los que nos definen, que son nuestras “decisiones” las que nos acercan a ser recordados. No hay mayor secreto… Por lo tanto, sigue estando en nuestras manos el ser evocado por nuestra maldad, por nuestros abusos, chismes, intrigas, crueldad, corrupción, o por haber sido alguien que le hizo mucho daño a los demás. O por el contrario, que luego de nuestra partida seamos recordados como personas honestas, puras de alma, bondadosas, solidarias, responsables, decentes, con infinita bondad en el corazón.

Amigo lector, es usted quien decide si se sigue comportando como Calígula, Hitler, o Idi Amin Dada… O trata de parecerse un poco a Juan Pablo II o a José Gregorio Hernández… Porque a fin de cuentas, es nuestro nivel de bondad, confiabilidad, justicia, responsabilidad, compromiso, o respeto por nuestro prójimo, lo que nos inmortalizará en la mente de los demás.

Y aunque suene rudo, recuerde que pasado el tiempo de su deceso, solo será rememorado “por unos pocos” (en la mayoría de los casos “por los familiares más cercanos”)… Haga lo posible de ser un recuerdo bueno.

Así de simple

“Las palabras viajan… Algo siempre dejan”

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