Antonio Ricóveri
Cualquier ser humano es propenso a ser intoxicado. La intoxicación puede venir como resultado de ingerir un veneno, una droga, o una sustancia en mal estado que pudiera llevarnos a un desenlace fatal… Pero la intoxicación a la que me refiero es a la “intoxicación” de nuestra alma, que ocurre a través de mentiras, informaciones manipuladas, o comentarios tergiversados o falsos, que termina creando un estado emocional específico o una matriz de opinión propicia para un fin determinado. Esta segunda intoxicación puede llenarnos de confusión, duda, tristeza, incertidumbre, impotencia, zozobra, desesperanza, angustia, desánimo y cualquier estado emocional de decaimiento que nos lleve a pensar que la vida, tal cual como se plantea, no tiene mayor sentido.
Mi mente entonces me trae al recuerdo a Nelson Mandela y al poema “Invictus” que escribiera el poeta británico del siglo XIX William Ernest Henley. Los versos de esta obra resultan determinantes e inspiradores a la hora de pensar en superar la adversidad y fortalecer el espíritu, como hicieron con Mandela, preso injustamente por más de 27 años por combatir el apartheid en su amada Sudáfrica.
El poema “Invictus”, corto en extensión pero grande en significado, dice así:
“Más allá de la noche que me cubre, negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que puedan existir, por mi alma inconquistable.
En las azarosas garras de las circunstancias, no he gemido ni llorado.
Sometido a los golpes del azar, mi cabeza sangra, pero está erguida.
Más allá de este lugar de ira y llantos, yace sino el horror de la sombra,
y aún la amenaza de los años, me halla y me hallará sin temor.
No importa cuán estrecha sea la puerta, cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”.
Walt Whitman, gran poeta americano, por su parte nos diría en algún verso de su obra «Canto de mí mismo” lo siguiente:
“Nadie, ni yo, ni nadie, puede andar este camino por ti,
tú mismo has de recorrerlo. No está lejos, está a tu alcance…
Hoy, antes del alba, subí a la colina, miré los cielos apretados de luminarias,
y le dije a mi espíritu:
Cuando conozcamos todos estos mundos, y el placer, y la sabiduría,
de todas las cosas que contienen… ¿Estaremos ya tranquilos y satisfechos?
Y mi espíritu dijo:
No, ganaremos esas alturas sólo para continuar adelante…”.
Mario Benedetti, escritor latinoamericano, habla de la esperanza de un mejor futuro en su poema “No te rindas”, donde se refiere con sinceridad a la determinación y a la perseverancia frente a la vida. En él nos dice:
“No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo.
Aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo, correr los escombros, y destapar el cielo…
No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda, y se calle el viento…”
Y termino con lo que escribiera con su propia sangre una víctima del holocausto nazi en la pared de una casa abandonada en Alemania:
“Creo en el sol… Aun cuando no brille.
Creo en el amor… Aun cuando no se manifieste.
Creo en Dios… Aun cuando no hable”.
Porque, a fin de cuentas, no podemos olvidar que la desesperanza está fundada en lo que sabemos “que es nada”, y la esperanza sobre lo que ignoramos “que es todo”.
Y de eso se trata amigo lector, de no perder la confianza, la certidumbre, la creencia, la ilusión, el optimismo.
Así de simple.
“Las palabras viajan… Algo siempre dejan”
