Admiro…

Antonio Ricóveri

       Admiro…

       Admiro a las personas proactivas que quieren crear, descubrir, realizar investigaciones científicas desinteresadas, y que no ven la vida en términos de poder.

        Admiro a quienes “viven” la honestidad, el respeto, la responsabilidad, la justicia, la bondad, la civilidad… Y que con gran estoicismo soportan la indiferencia, la hostilidad, la crítica o la estupidez de aquellos que están en el otro extremo del espectro moral.   

        Admiro a quienes son capaces de detener el tráfago acuciante de su mente, y asumir el rol de “nirvana ilustrado” que apacigüe la vigilia brutal del “querer ser”, “cloroformizando” sus apetencias y ambición, para dar paso al agradecimiento por la vida; porque la vida es en sí misma, un regalo.

        Admiro a quienes siguen informando, comunicando, expresándose públicamente, en tiempos en que “la palabra hablada y la palabra escrita” son perseguidas. Porque, innegablemente, la palabra tiene un poder de subversión, y una de las misiones del ejercicio de la comunicación es conmover a las personas. Despertarlas.

        Admiro a quienes defienden la libertad a costa de su propia libertad. El ser libres es un viaje que todos emprendemos con fuerza, pues como dijera Voltaire (1694-1778): “El hombre es libre en el momento en que decide serlo”. Pero entendamos que no somos libres para elegir “lo que nos pasa” (vivir en tal país, tener tal tipo de políticos, poseer tal realidad social o económica), pero si somos libres “de responder a lo que nos pasa” (obedecer o protestar, ser prudentes o temerarios, huir o defender, claudicar o luchar). 

        Admiro a  quienes educan a sus hijos con el ejemplo, que decidieron ir en “contracorriente” a la vorágine de antivalores y malos procederes que cercenan a diario nuestros sentidos, porque aún creen en la integridad, en la equidad, en el respeto, cómo valores trascendentales.

       Admiro a las personas que “hacen arte”… Que pintan, esculpen, escriben, que son creativas, y que dan paso libre a su emocionalidad comunicativa para reiterar “como martillo” su espíritu libre, con expresiones que superan el momento, escapan al tiempo, y se vuelven intemporales.

       Admiro a quienes siguen adelante a pesar de sus propias limitaciones (físicas o económicas), a pesar de sus propios fantasmas, de sus propios miedos. Afortunadamente en todo lo que hace el hombre está presente la esperanza. Sin esperanza no hay ilusión, sin creencia no es posible un mañana mejor.

       Admiro a quienes celebran su vida apreciando cada instante, valorando cada pequeño detalle que les obsequia. Placeres que pasan desapercibidos, pero que nos llenan y nos reconcilian con la existencia: Un nuevo amanecer, un abrazo inesperado, la mirada de un niño feliz, una melodía entrañable, el aroma del café mañanero, una conversación sincera, el gesto amable de un extraño…

       Admiro a quienes han optado por ser “ellos mismos” más allá “del que dirán” y de las presiones sociales que los circundan; haciendo lo que los hace felices, y compartiendo lo que son, con buenas personas.

       Admiro a quienes han asumido “en estos tiempos aciagos” una predisposición jovial y desenfadada, sacando a diario “la mejor versión de ellos mismos”, sean cuales sean las circunstancias que les toque enfrentar.

        A fin de cuentas amigo lector, son nuestras acciones y nuestra actitud ante la vida, lo que nos define, lo que nos inmortaliza en la mente de los demás.

        Así de simple.             “Las palabras viajan… Algo siempre dejan”

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