Antonio Ricóveri
Decía el novelista ruso León Tolstoi (1828-1910): “Todos quieren cambiar al mundo, pero nadie quiere cambiarse así mismo”. Siendo el cambio, amigo lector, una constante de nuestra existencia, algo inevitable. Pero lo curioso es, que nuestra naturaleza humana se resiste al “cambio” por considerarlo amenazante, por asociarlo con la incertidumbre, con el autoexamen, con la pérdida de control, con la salida de nuestra zona de confort; siendo el miedo lo que más frena el “cambio”: “Esa aprensión a reformar nuestra forma de pensar, de actuar, de percibir cuanto nos rodea, de interpretar las oportunidades, de asumir nuevas responsabilidades”.
Una forma de superar el miedo es reemplazarlo por el “por qué”, es decir, por el motivo que hay detrás del deseo de mejorar, de cambiar: Una poderosa causa que nos impulse a hacer las cosas de otra forma, a innovar, a intentar “desmarcarnos” de lo que hace el resto, porque “cambio” también significa progreso, posibilidades, mejora, éxito. Lo cual aplica por igual para una persona, familia, comunidad, empresa, y por supuesto, para un país.
El secreto de cambiar es enfocar toda nuestra energía, no en la renuencia a dejar lo viejo, sino en la construcción, en la cimentación de lo nuevo. Escribiría a este respecto el autor brasileño Paulo Coelho (1947): “Las personas cambian cuando se dan cuenta del potencial que tienen para cambiar las cosas”. Y en este punto, usted pudiera preguntarse: ¿Puedo cambiar ese aspecto de mi personalidad que le resulta repulsivo a los demás? ¿Puedo realmente cambiar mi comunidad, mi empresa, mi país? Reza un proverbio africano: “Si piensas que eres muy pequeño para hacer la diferencia, entonces nunca has pasado una noche con un mosquito”.
Tras lo cual, nos preguntamos… ¿Cómo afrontamos esos cambios? La misma realidad nos lo muestra a diario. Todos los días nos encontramos con situaciones nuevas que debemos confrontar, con cambios que debemos asumir, con pérdidas que debemos superar. El camino al cambio empieza por “aceptar” esa posibilidad, por dejar muy atrás las quejas o la rabia, y mirar con mayor serenidad y consciencia “hacia adelante” porque el pasado no volverá, porque nuestro presente está lleno de oportunidades, y porque construir un mejor futuro sigue estando en nuestras manos. Lo importante es el valor que cada uno de nosotros le dé a este tipo de variación, asumiendo que todo cambio es un proceso, es un persistente fluir de pensamientos, sentimientos y emociones, donde estarán presentes nuestros apegos, desapegos, temores, esperanza, ilusiones y sueños.
Amigo lector, el tema del “cambio” da para mucho, sobre todo si lo relacionamos con nuestra realidad nacional tan impregnada de antivalores, malos procederes, picardía, viveza, hipocresía, odio y temor… Y ninguna empresa, institución, comunidad, o país podrá mejorar, cambiar, avanzar u optimizar sus procesos, si se insiste en partir desde la imposición, el irrespeto, el odio o la mentira. La senda a seguir debe estar signada por el esfuerzo, sacrifico, constancia, dedicación, coraje, determinación, y enmarcada en los 6 valores éticos fundamentales: honestidad, respeto, responsabilidad, justicia, bondad y civismo.
En mi caso particular, el cambio con el que sueño alude a “renovarle” la forma de pensar y actuar a mis coterráneos. De allí mi empeño en seguir impulsando la enseñanza de la ética, estimulando el juicio moral de las personas a través de una alfabetización ética amplia y completa, que implica “actuar en las estructuras morales de cada individuo, que lo lleven a reconstruir sus esquemas de razonamiento, hasta lograr un nuevo estado de conciencia”.
Porque si cambiamos al ciudadano, cambiamos al país.
Así de simple.
“Las palabras viajan… Algo siempre dejan”
