Antonio Ricóveri
La vida es muy parecida al viaje que realizó el mitológico héroe griego Ulises desde Troya hasta su natal Ítaca: Una travesía inesperada, tornadiza, a ratos fatigante (que para él duró más de una década), a merced de tempestades, seres espectrales, monstruos mitológicos, y siempre con la muerte en los talones. Y cada vez que su barco arribaba a tierra extraña, le surgía la misma inquietud: ¿Qué clase de individuos habitarán este paraje al que hemos llegado? ¿Serán malvados, primitivos, carentes de justicia, o por el contrario, serán fraternos, empáticos y con sentimiento de bondad?
Desde que inicia nuestra “expedición” existencial, nuestro periplo es una entidad independiente, con temperamento, con personalidad propia, con individualidad, singularidad, que pone en evidencia una gran verdad: “No existen dos personas exactamente iguales, y mucho menos dos viajes semejantes”, por lo tanto, la labor de cada quien es ir llenando su bitácora de vida (con sus aciertos y errores) e ir ajustando su hoja de ruta, porque los planes, reservaciones, horarios y rutas que creíamos “prefijadas” siempre terminan siendo trastocadas por el hado, haciendo encallar nuestro barco de manera insistente, para averiguar qué tan rápido salimos del “banco de arena” circunstancial que enfrentamos.
Lo cierto es, que por mucho que preparemos y equipemos nuestra nave pensando en la mejor travesía posible, en cualquier instante aparecerá un “nuevo factor”, un nuevo elemento en escena, que intervendrá y se apropiará de la situación.
Surgen entonces interrogantes… ¿Qué tan ligera debe ser nuestra barcaza? ¿Qué tan fuerte? ¿Qué tan cargada debe ir? ¿Qué significa “llevar realmente lo indispensable”? ¿Acaso incluye placeres sencillos, 2 o 3 amigos dignos de ese nombre, alguien a quien querer (y que nos quiera), y un poco más de lo suficiente para compartir?
Amigo lector, la vida es una larga travesía llena de situaciones complejas, la cual, luego de un reiterado aprendizaje sobre cómo rebasar escollos y reinventarnos con cada caída, el viajero de los “designios inflexibles”, ya entrado en años, puede finalmente distenderse un poco y proseguir los pocos kilómetros restantes con mayor aplomo y certeza. Solo entonces, sus frustraciones y dudas se disipan, porque entendió, luego de muchos forcejeos, que en nuestro viaje, además del esfuerzo, el sacrifico, la constancia y la dedicación, “hasta la suerte juega”, dejándonos una gran enseñanza: “Todo cambia. Todo acaba”.
La clave radica entonces, en ser capaz de construir nuestro propio proceso vital y en ser protagonista de nuestro recorrido. Se trata de capacitarnos para interactuar armoniosamente con todos los elementos que nos rodean, aprender de su fuerza, avanzar sin bloquear el flujo de las vivencias, dejándonos sorprender, y creciendo con las situaciones.
Siguen algunas interrogantes finales recargando nuestro cielo existencial… ¿A dónde nos queda por ir? ¿Con quién “deberíamos” ir? ¿Qué equipaje debemos llevar? ¿Cuánto durará este último periplo?
Finalmente amigo lector, no hay mapas del territorio de la vida. Esta se va revelando momento a momento. Y ciertamente, va hacia adelante… Pero seguimos teniendo una potestad determinante: la de girar el timón de mando hacia la izquierda, hacia la derecha, o simplemente detenernos… Porque la decisión siempre ha sido, y ha estado, en nuestras manos.
Así de simple.
“Las palabras viajan… Algo siempre dejan”
