Antonio Ricóveri
Explicar las razones por las cuales muchos extranjeros procedentes de Italia, España, Portugal, Siria, China, Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Ecuador, Argentina (y un largo etcétera), vinieron a nuestra querida Venezuela a mediados del siglo XX, nos tomaría mucho tiempo… Pero a manera de resumen, en la mayoría de los casos venían huyendo de regímenes de fuerza, de persecuciones, de inestabilidad política, de incertidumbre económica, de pobreza, entre las muchas causas que eran realidad tangible en aquellas tierras.
Y fue una cantidad inmensurable de personas que desde todos los puntos de Europa y Suramérica vinieron a este lar caribeño en busca de libertad y de justicia porque estaban al desamparo en sus países nativos… Y resaltando (aunque suene muy duro), que gran parte de aquella masa migratoria debió ser catalogada a su llegada a nuestro país como: “sin profesión”, “sin formación conocida”, e incluso “como iletrados”.
Lo cierto es, que la Venezuela de finales de los años 50 y de las décadas del 60 y 70 del siglo XX (tan pujante, decidida y determinada en moverse hacia el desarrollo), puso por encima de las deficiencias y limitaciones que pudieran tener éstos foráneos, el ideal igualitario: Abrió sus puertas a todas las culturas, a todas las creencias religiosas, a todas las ideologías políticas, a todas las razas; asumiendo de inmediato, responsabilidades morales y materiales con todo ese conglomerado humano que los convertía en hijos de esta tierra… Porque aquí los extranjeros nunca fueron vasallos, esclavos, siervos, y mucho menos, seres explotados, satanizados, señalados, perseguidos, despreciados o denigrados. No… Fueron aceptados, queridos, respetados, integrados, y se les consideró hermanos.
Esas personas, que en sus lugares de origen no conseguían trabajo, demostraron en nuestro país iniciativa, destreza, compromiso, capacidad y constancia, que no pudieron poner de manifiesto en su suelo nativo. Y muchos de los que llegaron señalados como políticos extremistas, gente peligrosa o parásitos, no socavaron ni corrompieron a nuestra sociedad porque en Venezuela consiguieron lo que en sus países no tenían: Tolerancia, respeto, aprecio, humanidad sin discriminación, accesibilidad a la educación, posibilidades de desarrollo, oportunidades para prosperar… Porque el pueblo venezolano es fundamentalmente AMABLE, receptivo, y se ampara en el estímulo, más no, en la humillación.
En esta tierra de Bolívar se les inculcó una sincera conciencia democrática, reforzándoles conceptos como libertad, igualdad y fraternidad, que se reflejaban en nuestro sistema educativo y en el proceder honrado y decente de la mayoría de los ciudadanos, incluidos, la gente más sencilla.
La Venezuela de aquel entonces, decidida a progresar, mostró avances significativos en materia de salud, infraestructura, servicios públicos, educación, asistencia social, ciencia, arte, literatura, e incluso manejaba altos estándares de eficiencia en la administración pública y en nuestra industria petrolera, entre otras áreas de interés nacional.
Pero “aquella Tierra de Gracia” hoy yace aletargada, sumida en la desesperanza y en la impotencia, lo cual ha propiciado que muchos de sus hijos salgan a probar suerte a otros destinos donde, en muchos casos, han sido rechazados, señalados, perseguidos, satanizados, estigmatizados, abusados, asesinados…
Pero a pesar de todo, la amabilidad, solidaridad, alegría, laboriosidad y el “don de gente” de los propios de esta tierra sigue estando presente, porque la grandeza de Venezuela palpita con fuerza en sus nobles corazones.
Así de simple. “Las palabras viajan… Algo siempre dejan”
