Sangre, trabajo, lágrimas y sudor

Antonio Ricóveri

        La historia de la humanidad nos muestra episodios donde sus protagonistas evidencian una profunda creencia en sí mismos y en sus convicciones. Para muestra, un botón…

       El 10 de mayo de 1940, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos de Adolfo Hitler invadieron Bélgica y Holanda, Francia estaba por caer, e Inglaterra corría inminente peligro.

       Con dramática velocidad la embestida germana nazi reveló que las democracias europeas estaban muy mal preparadas para la gigantesca lucha que se avecinaba. Tras lo cual, el primer ministro inglés, Winston Churchill, recién elegido (tras la renuncia de Neville Chamberlain), tenía que hablar, tenía que comunicarse con el país. Y lo hizo.

        En los últimos meses de su carrera política, Winston Churchill solo había podido advertir, recomendar, aconsejar, “tronar al oído” de líderes escépticos e irritables, sobre lo que estaba por venir. Chamberlain, su antecesor, solo se mofaba de sus informes alarmistas sobre la maldad y el poderío militar de la Alemania nazi…  Pero al fin, su hora había llegado… Sabía que tenía que dirigirse al país aquel 13 de mayo de 1940, y ya había decidido qué posición pública asumir en momentos en que muchos miembros del parlamento inglés le apremiaban para que firmara la paz con Hitler.

       Al entrar aquel día a la Cámara de los Comunes como Primer Ministro, fue recibido con muy poco entusiasmo, con muy pocos aplausos, incluidos los miembros de su propio partido. Muchos lo miraban con desdén y hasta con guiños de burla.

       Comenzó su discurso lentamente, prosaicamente. Primero, pidiéndole disculpas a sus ex colaboradores por no haber tenido tiempo de informarles personalmente de su intención de prescindir de sus servicios. Después vinieron frases breves (pero inmortales), de desafío, coraje y determinación:

      -Nada tengo que ofrecer sino sangre, trabajo, lágrimas y sudor-.

       Churchill estaba invitando a un pueblo abatido y descorazonado a que entendiera su propósito.

       -¿Preguntan cuál es nuestro propósito? Les diré: Es sostener una guerra con toda nuestra fuerza y con todo el vigor que Dios pueda darnos contra una tiranía monstruosa, nunca superada en lo oscuro, y catálogo lamentable de los peores crímenes humanos. ¿Preguntan cuál es nuestro propósito? Sólo puedo responder con dos palabras: La victoria… Porque sin la victoria no sobreviviremos… Nosotros jamás nos rendiremos-.

       Cuando Churchill volvió a su asiento, el ánimo y el espíritu de los hombres libres (representantes de todos los sectores de Inglaterra), había cambiado y sin haber presentado informe alguno. Simplemente había trasladado a los oyentes de esa histórica cámara a un mundo imaginario, no real, pero lleno de posibilidades. Porque la verdad era, que Inglaterra no tenía con qué pelear, no tenía cómo enfrentar a la Alemania nazi, pues no contaba con las armas necesarias (debido a la miopía de quien le había precedido) para dar credibilidad a la rabia y a la resistencia británica…

       Pero tras el alarde de poder que representó, una gran determinación se activó al sonido de sus palabras: La hora fatídica se tornaría en venturosa, y los nubarrones, aunque negros y espesos, dejaban filtrar una luz más brillante y esperanzadora.

       En privado él explicaría por qué se negó a abandonar: “Estudio historia. Y la historia nos dice que si aguantamos lo suficiente, siempre pasa algo”.

       Y tenía razón. A menos de un mes  de aquellas palabras desafiantes, los japoneses bombardearon Pearl Harbor. Hitler le había declarado la guerra a los Estados Unidos de América a través de una acción bélica de sus aliados nipones. Y así, la mayor potencia industrial del planeta había unido sus fuerzas con la Inglaterra de Winston Churchill.

     Lo demás, es historia reciente.

     Así de simple.             “Las palabras viajan… Algo siempre dejan”

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