¿Cuándo fue la última vez que creíste ser feliz?

Antonio Ricóveri

         ¿Eres feliz? Es una pregunta que se convierte en dilema existencial porque pareciera no tener respuesta inmediata y ante la misma, los interrogados se muestran vacilantes, dubitativos, pensativos, soltando en la mayoría de los casos “depende de lo que quieras saber realmente”.

        Pero cuando les preguntamos… ¿Cuándo fue la última vez que creíste ser feliz?, la gente reacciona de forma diferente… Luego de un pequeño ejercicio de memoria, la persona sonríe y evoca un buen recuerdo. Incluso algunos van más allá y dan fechas precisas o períodos concretos de su vida cuando creyeron ser felices. Pero en todos los casos ven a la felicidad como algo extraordinario, notable, sobresaliente, como un pináculo de deleite sin par. Y esos “picos” de satisfacción parecieran ir desapareciendo, espaciándose, con el transcurso de los años.

        Yo pienso que la felicidad está en las cosas más sencillas. Por ejemplo, para un niño ser feliz es una cualidad mágica que equivale a tener una caja de colores nueva, a ver un programa de televisión, a comerse un helado o ir al cine con su familia. Y aunque los pequeños también sufren de momentos de desaliento, su alegría no conoce límites cuando gana una carrera en el recreo o cuando recibe un “cotillón” sorpresa  en una fiesta.

         En nuestra adolescencia ser feliz es otra cosa. El concepto cambia. Depende más de la emoción, del amor, o de la popularidad que se tenga… (O que mamá nos lave y planche nuestra camisa favorita antes de la fiesta del sábado).

        Para el adulto contemporáneo las cosas que producen felicidad y satisfacción entrañan también responsabilidades y potenciales  pérdidas. Por ejemplo, el nacimiento de un hijo, el amor de una pareja, un posible ascenso en el trabajo, la compra de un vehículo…  Pero los hijos terminan marchándose, el amor puede tornarse en desamor, las relaciones sexuales pueden no ser placenteras, el ambiente laboral cambia porque lograste un ascenso, o empiezan a fallecer nuestros seres queridos.

        En la actualidad ser feliz es ciertamente una quimera. Cuando le preguntas a alguien si se siente dichoso, jubiloso, alborozado o simplemente feliz en los actuales momentos, la sola pregunta ofende, se torna burlesca, desenfadada, irónica o sarcástica, pues basta con salir a la calle para medir los niveles de prosperidad y satisfacción que siente cualquier venezolano de  “a pie”.

        El asunto es, amigo lector, que estamos tan “dolorosamente conscientes” de nuestro derecho a ser felices, que su sola búsqueda nos vuelve infelices.

        Finalmente, soy de los que cree que la felicidad no tiene que ver con lo que nos ocurre, sino con la forma en que lo percibimos. No tiene que ver con lo malo que nos pasa, sino con el crecimiento que nos deja. No tiene  que ver con los reveces recibidos, sino con el aprendizaje que nos aporta… Porque a fin de cuentas la felicidad nace en uno mismo, y yo la entiendo como “la capacidad que posee el ser humano de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida”. Porque cuando más disfrutamos de lo que tenemos, más felices somos. Porque la felicidad está en el placer de amar y en el ser amado. En la satisfacción de tener amigos y de compartir con ellos. En la libertad de vivir y en nuestra posibilidad de soñar.

         Porque la felicidad está presente en todo lo que hacemos y amamos.

         Así de simple. 

“Las palabras viajan… Algo siempre dejan”

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